A lo largo de la novela El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez esquiva a toda costa nombrar la ciudad caribeña y colonial, compleja y colorida, donde transcurre durante sesenta años la historia de amor entre Florentino Ariza y Fermina Daza. Y, aunque efectivamente nunca se menciona de forma explícita a lo largo de los seis capítulos de la novela publicada en 1985, la ciudad está presente en todo momento a través de detalles arquitectónicos, olores, sabores y colores.

La historia de la novela se desarrolla a finales del siglo XIX y principios del siglo XX en la costa Caribe de Colombia, en tiempos de penuria y guerras civiles que azotan al país. A las ciudades costeras llega la epidemia del cólera y los “síntomas del amor se confunden con los de esta enfermedad”, escribe Gabo.
Quizá quien no ha leído el libro y se deja guiar por su título, puede pensar que trata sobre una pandemia con vestigios de una historia de amor. Pero es todo lo contrario. El Premio Nobel de Literatura de 1982 solo dedica cuatro páginas a describir el momento en que el cólera azotó esa región en 1849.


Creo que tenía 15 o 16 años cuando leí la novela por primera vez. Ha pasado mucho tiempo, pero entre mis recuerdos han quedado muchos de sus pasajes y las descripciones de los lugares, quizá por la marca caribeña en nuestro ADN. Por eso, casi treinta años después, cuando traspasé uno de los arcos de la muralla de piedra que rodea la parte vieja de Cartagena de Indias, sabía que estaba adentrándome en aquella comarca del Caribe donde transcurre El amor en los tiempos del cólera.
Quise vivir la experiencia a pleno, así que fui a una librería en busca de la novela. Volví a leerla. Quería sumergirme en sus páginas mientras recorría la ciudad. El libro se convirtió en una guía.
Tras esa lectura refrescante, la ciudad de la novela se me revelaba en cada rincón por donde caminaba: los colores, los balcones adornados con flores, las calles estrechas y bulliciosas, las frutas, las plazas e iglesias. Incluso juraría que, como en un espejismo, hasta crucé a Florentino cuando “a la víspera del viaje cometió a conciencia una locura última del corazón que bien pudo costarle la vida. Se puso a la medianoche su traje de domingo y tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el vals de amor que había compuesto para ella, que solo ellos dos conocían y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada”, se narra en el libro.



Algo similar experimenté en la Torre del Reloj, imponente entrada a la ciudad vieja. Por aquí debieron transitar los personajes de la novela sin que su autor lo declarara. Al cruzar, se abre la Plaza de los Coches, donde Florentino Ariza conoció a Leona Cassiani.

Seguí mi camino hacia el Portal de los Dulces, a pocos metros, donde Fermina Daza compraba sus golosinas favoritas. La escena en la que ella regresa de su viaje de olvido y camina entre los vendedores y, como se puede leer en el libro “las pregoneras de dulces que anunciaban a gritos por encima de la bulla las cocadas de piña para las niñas, las de coco para los locos, las de panela para Micaela”.


El Parque Bolívar, donde antiguamente se encontraban los escribanos de la ciudad, me devolvió a las memorias de Fermina en su juventud. Pensé en ella y en su idea de que ese era un sitio de perdición, un lugar vedado para las señoritas decentes. Pero más que de perdición, el parque hablaba de vida con los vendedores ambulantes, el ir y venir de turistas y locales, el sol filtrándose entre los árboles y el calor abrazador.

A unas cuadras llegué a la Catedral de Cartagena, testigo de algunos de los momentos más cruciales de la novela. Allí, Florentino Ariza entregó su primera carta de amor a Fermina Daza. Años después, la vio embarazada, lo que desató su determinación de ganar nombre y fortuna. Frente a la iglesia, ahora unos recién casados salieron caminando de la mano y sonrientes de aquel templo. Esa foto refleja la inmensidad del tiempo y la persistencia del amor, tan presentes en las piedras de Cartagena como en las páginas de García Márquez.

La noche me sorprendió frente al Teatro Heredia, nombre en homenaje al poeta cubano José María Heredia. En El amor en los tiempos del cólera, Florentino Ariza asistió a ese teatro para un concurso de poesía, donde vio triunfar a un inmigrante chino. Justo al lado, pared con pared, como si la literatura tejiera su propio mapa del destino, se alza el Claustro de La Merced, donde reposan las cenizas de Gabriel García Márquez. Allí, en la serenidad de su patio central, descansa para siempre el genio que hizo de Cartagena un universo narrativo.

Por las calles empedradas, con la brisa del Caribe, la magia de la novela se fundía con la realidad. Cartagena de Indias, testigo de amores contrariados y esperanzas indestructibles, me estremecía. Sin El amor en los tiempos del cólera, este viaje no habría sido el mismo. Lo viví como si también formara parte de su historia. Al final, uno nunca sabe dónde termina la literatura y empieza la vida.