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Cuando Arnaldo Coro me trajo el manuscrito sobre Radio Martí que un estudiante suyo iba a defender como tesis de licenciatura en el ISRI, la flamante emisora todavía no había iniciado sus transmisiones. Enseguida pensamos que venía perfecto para el número uno de Cuadernos de Nuestra América, la revista del CEA (Centro de Estudios de América), que Alfredo Prieto y yo estábamos editando.
El graduado, que Coro llamaba familiarmente Pepe Cabañas, había hecho una investigación impresionante, en la que explicaba con lujo de detalles cómo había podido aprobarse en el Congreso, luego de dos intentos, el proyecto de una emisora especialmente dirigida a Cuba, al margen de la Voz de las Américas.
Por aquel entonces, en los medios cubanos nadie hablaba de los congresistas de Florida, de Dante Fascell y Paula Hawkins, promotores de RM en alianza con la Casa Blanca, y mucho menos del entonces reciente lobby de la elite cubanoamericana conocida como Fundación Nacional Cubano-Americana, armado a la sombra de Ronald Reagan y su equipo, ni eran mencionados Jorge Mas Canosa o los congresistas Lincoln Díaz-Balart e Ileana Ross, como llegarían a serlo quince años más tarde, cuando el affair Elián González los pondría en el candelero.
En aquellos años del fin del “síndrome de Vietnam” y de la detente EE. UU.-URSS, del neoconservadurismo rampante en que Reagan había sido elegido por un amplio margen, con el auge de las guerras centroamericanas, la invasión a Granada, y la nueva ola del anticomunismo global, el fantasma de “otras Cubas” había vuelto a obsesionar a los políticos de Estados Unidos.
Para nosotros, claro, no era fácil a pesar de todo eso explicarnos que los votantes estadounidenses hubieran pasado de alguien como el “paloma” Jimmy Carter a un “halcón” como Ronald Reagan. (Si hubiéramos tenido entonces una bola de cristal para adelantarnos cuatro décadas, lo que hubiéramos visto en esa bola nos habría espantado como una película de horror político de esas donde se acaba el mundo).

Una radio contra Cuba no era, estrictamente hablando, una novedad. Radio Swan, en 1960, había formado parte del plan de Playa Girón; y la propia Voz de las Américas (VOA) estaba ahí, escuchable en los radios cubanos desde marzo de 1961. Sin embargo, esa programación especial hacia Cuba de la VOA había recesado diez años antes, en 1974, suspendida, decían ellos, por “falta de información”.
El argumento para fundamentar RM en la Administración Reagan no era solo “llevar la verdad al pueblo cubano”, sino castigar a La Habana por su presencia militar en el suroeste y el Cuerno de África. A pesar de que esta presencia tenía el aval de la Organización de la Unidad Africana, y no había suscitado conflicto en las relaciones de Cuba con las potencias europeas, este reparo había sido un foco de perturbación en el proceso de normalización lanzado por la Administración Carter. Sin embargo, no lo había bloqueado.
La derrota de Carter en las elecciones de 1980, los cambios revolucionarios en el contexto centroamericano a raíz del derrocamiento de la dictadura de Somoza, en el Medio Oriente a raíz de la caída del Sha en Irán y el inicio del proceso revolucionario, la invasión soviética de Afganistán, y la llegada de un equipo de halcones a la Casa Blanca, habían propiciado un repunte en la polaridad ideológica de la Guerra Fría.
Esa polaridad ponía énfasis en recursos típicos de la confrontación con el Este, como Radio Free Europe y Radio Liberty, sobre los que se calcó el esquema de una “Radio Cuba Libre”, bautizada como Radio Martí. Cuando el movimiento sindical Solidaridad desbordó los astilleros de Gdansk en Polonia, se atribuyó al éxito de estas radios subversivas en Europa del Este, lo mismo que las crisis políticas en Europa del Este que condujeron a la demolición del Muro de Berlín, el desmantelamiento del bloque socialista y el fin de la URSS.
No es mi intención ni tengo espacio para narrar los forcejeos intra burocráticos en torno a Radio Martí. Solo apuntar que la oposición primera dentro del Congreso no se basaba en el respeto al principio de no intervención ni a la soberanía de Cuba, sino en no incurrir en gastos innecesarios, ni duplicar funciones que podía y debía ejercer la VOA.
Con el lanzamiento de TV Martí en 1990, se retomaría el debate en torno a su utilidad. Un estudio sobre el tema apuntaba que, al socavar el control del poder sobre la información, informar al pueblo cubano sobre la mala gestión interna del Gobierno y su promoción de la subversión y el terrorismo internacional en el hemisferio y en otros lugares, supuestamente ayudaría a aquel a hacer que el Gobierno fuera “más responsable”. El objetivo declarado en la transmisión de Radio y TV Martí era informar al pueblo cubano de “noticias precisas, objetivas y completas” sobre su país y el mundo.
Sin embargo, se planteaba el problema de cómo el respeto a la soberanía de una nación podía compaginarse con la transmisión intrusiva desde el exterior, sin violar la libertad básica de los seres humanos para recibir e impartir información con otros. Radio y TV Martí podrían ser percibidas como un ejemplo de cómo Estados Unidos dictaba su propia versión de información “precisa, objetiva y completa” a un vecino vulnerable en nombre de la libertad de información.
En efecto, un estudio sobre TV Martí de 2010 se cuestionaba el sentido del canal en cuanto a socavar al Gobierno comunista cubano y promover “la transición democrática”, por su ineficacia. Había sido interferido durante 20 años, desde su inicio, en 1990. La pregunta entonces era por qué Estados Unidos debía seguir financiando una estación de televisión sin televidentes.
El estudio concluía que la propia existencia de TV Martí se entendía mejor en relación con “el nacionalismo del exilio cubano”; y que los temas de lo que se supone que TV Martí representa y para quien se crea, plantea preguntas no solo sobre su efectividad como propaganda destinada a interpelar a los ciudadanos cubanos —en una señal de TV que nadie en Cuba puede ver—, sino además acerca de lo que está en juego al exportar el imaginario del exilio a la isla.
Según TV Martí, el destino de Cuba se jugaba en Miami, entre los que optaron por irse. El modelo político, económico y cultural desarrollado allí, en un país extranjero, decidido como el que los cubanos deben emular: la isla misma se convierte “en un anexo inverso de una nación cubanoamericana,” concluía el estudio. Esas complejidades surgían cuando se buscaba comprender la sustancia del mensaje imperialista de TV Martí y la forma en que negociaba los temas del nacionalismo estadounidense y el del exilio cubano.
Este tópico, finalmente, alude a una contradicción esencial entre los objetivos y los medios de RM. La tensión entre proveer información veraz, balanceada, imparcial, que contribuyera a desarrollar una cultura política y cívica democrática, de un lado, y su implementación, a través de un conducto tan sesgado como el exilio cubano, campo de intereses en pugna por apropiarse de los beneficios que provee la política de EE. UU. hacia Cuba desde 1959.
De hecho, ya en 2010 John Kerry y varios senadores del partido Demócrata recomendaron, en un informe, los traslados de Radio y Televisión Martí y la Oficina de Transmisiones para Cuba a Washington D. C. y la fusión de sus operaciones con la VOA, alegando que RM y TVM tenían una programación de baja calidad y poca audiencia en Cuba; y muy particularmente, la existencia de nepotismo y corrupción dentro de la agencia.
Nada extraño que una racionalización económica ponga a estos servicios informativos en la picota; así como a otros medios privados (llamados “independientes”) que se caracterizan por la misma lógica de aprovechar para sus propios intereses recursos que el gobierno de EE. UU. provee para la lucha “por la democracia y la libertad del pueblo cubano”.

Antes de finalizar, no quiero dejar de lado la cuestión del impacto de RM en Cuba. A falta de un estudio público que lo avale, mi impresión es que, más allá del rechazo a su injerencia, y a no darle crédito a sus intenciones declaradas, RM produjo interés y tuvo una recepción en la sociedad cubana en los primeros años. Sobre todo por la eficacia comunicativa de su programación y del estilo de algunos conductores.
Recuerdo que muy pocos de mis amigos compartíamos la idea de que “los revolucionarios no deben escuchar Radio Martí”. Algunos nos preguntábamos cómo íbamos a criticar esos enfoques y eventualmente a discutir con quienes los asumían a pie juntillas si no estábamos al tanto de la fuente. Una cosa era la lucha ideológica y otra la política del avestruz.
Me parecía incluso que la radio cubana no estaba ajena a ese impacto. Así que, para despejar esa vieja duda, fui a preguntarle a Ana Teresa Badía, comunicadora radial con una larga experiencia y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana: ¿En qué medida los cambios en la radio cubana desde 1984 fueron una respuesta a Radio Martí?
“Desde inicio de los 80, la radio comenzó a consolidarse de manera significativa. No lo veo solo como resultado de la salida al aire de Radio Martí en 1985; sino como una suma de factores contextuales. En particular, el recrudecimiento ideológico que protagonizó la Administración Reagan, más allá de la radio.
“Esa transformación respondió a una suma de mediaciones sociales, políticas, económicas y tecnológicas, tanto en Cuba como a nivel internacional. Por ejemplo, la fusión de Radio Rebelde y de Radio Liberación, en 1984, con transmisiones durante 24 horas, fue un hito, que marcó un cambio en la manera de producir radio. Se utilizaba tecnología avanzada para la época, como los teletipos, que eran sistemas de transmisión de información. En ese periodo empezó la frecuencia modulada (FM), con la que se tapaban señales ilegales de radio que se transmitían para Cuba. Tanto AM como FM, no solo Radio Martí, sino de otras emisoras. Y si un género se ponderó, desde esa fecha, fue el informativo.
“Sale entonces al aire Haciendo radio y otros noticieros como Exclusivo, que se caracterizaban por las transmisiones en vivo, por la inmediatez y sobre todo por un discurso radiofónico más cercano a la gente. Como elemento importante de la época está el desarrollo de emisoras locales, en los diferentes municipios del país. Aquellas transformaciones fueron tan trascendentes que se mantienen hasta hoy, sobre todo las relacionadas con las nuevas características del discurso radiofónico, más ágil, menos gris, y más parecido a la gente. Entonces aparecieron los primeros mensajes de bien público.
“El uso de la música para atraer a los oyentes, de bandas sonoras más eficaces. Recordemos que Radio Martí, y otras emisoras que transmitían para Cuba, explotaban mucho la nostalgia. Por eso radiaban, por ejemplo, novelas. El que en Cuba se consolidara la transmisión de música, de dramatizados, formó parte de ese escenario muy particular.
“No fue solo RM, sino una especie de guerra mediocéntrica de EEUU hacia países como Cuba. Y esos cambios aquí fueron un acomodo ante el recrudecimiento ideológico de aquella política de EE. UU”.
Carente de espacio para seguir revisando algunas interrogantes que podría suscitar la autopsia de Radio y TV Martí, las dejo aquí formuladas.
¿Qué alternativa a la política unilateral de EE. UU. podría desarrollarse entre medios informativos de allá y de aquí, que sirviera al interés de dar a conocer más la realidad de ambos lados? ¿Para que los cubanos aprendieran sobre la sociedad, la cultura, la historia, el funcionamiento del sistema, las políticas y los problemas de quienes viven en EE. UU.? ¿Para que los estadounidenses tuvieran un acceso menos polarizado y más matizado sobre las cosas cubanas? ¿Podría ese intercambio acordado contribuir a enriquecer el sistema de medios y la comunicación social en Cuba; a hacerlos más amplios y diversos? ¿Superar la exportación de la cultura del exilio como base de una relación alternativa, más útil y provechosa? ¿A hacer que los medios independientes en Cuba no se limitaran a replicar la que ha caracterizado durante cuarenta años a Radio Martí? ¿A abrir los medios establecidos en Cuba, en la línea que preconiza la ley de comunicación social?
Quizá algunos se encojan de hombros ante estas preguntas. Y no les falte razón. Sin embargo, probablemente, habrían reaccionado igual si hace un mes les hubiera preguntado: ¿Es posible que esta Administración suspenda Radio y TV Martí? ¿Que les cierre la llave de los dólares a los “medios independientes” antigobierno?
A mis amigos incrédulos, que se niegan a admitir cambios derivados de causas ajenas y a menudo difíciles de prever, les comento lo mismo que Hamlet a su amigo, después de haber hablado con el fantasma de su padre: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas las que pueda soñar tu filosofía”.
Rafael, no mencionas que sería José (Pepe) Cabañas posteriormente Jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington y después, con el restablecimiento de relaciones diplomaticas, Embajador de Cuba en EE.UU.